Sobre el tiempo, amor y otras cosas.

Perú
Las experiencias de la ciudadanía concreta, con acciones comunitarias, locales, autogestionarias son austeras en lo material, pero innegablemente ricas en solidaridad y posibilidades.

Las proyecciones demográficas más recientes de las Naciones Unidas afirman que la población mundial llegará a 8500 millones en 2030. El crecimiento exponencial de personas genera una serie de problemas que son cada vez más fáciles de constatar: el consumo excesivo, la basura, la polución, el aumento de las desigualdades, las migraciones, la concentración de tierras, la producción agropecuaria extensiva, la desertificación, los cambios climáticos, enfermedades, la aceleración de la vida, la falta de tiempo, etc. Así, es urgente encontrar maneras más sostenibles de existir y mi experiencia como voluntaria me invita a diario a repensar las formas como elegimos vivir. Aclarando que, en esta breve reflexión, fuertemente enmarcada por mi mirada de mujer, extranjera, voluntaria, por mis prejuicios y valores, no tengo la pretensión de ser conclusiva.

En las afueras de Lima está la comunidad autogestionaria de Huaycán, donde vengo trabajando en mi año como voluntaria junto a América Solidaria. Allá vivo en un ritmo de vida acelerado, pero no necesariamente veloz. La ciudad inicialmente planeada pero desordenadamente ocupada, presenta un contexto de pobreza y desigualdades, donde la necesidad de salir adelante parece muchas veces nublar la urgencia de cuidar del ahora.

En el tráfico, los autos, motos y camiones van tocando incesantemente sus bocinas, mientras los cobradores gritan a la gente para que suban y bajen. Por otro lado, los embotellamientos convierten recorridos de 18 km en cuatro horas de viaje, gastando el precioso tiempo útil de nuestras vidas atrapados adentro de vehículos.

La comida, orgullo de los peruanos y uno de los rasgos más fuertes de su cultura, poco a poco es invadida por versiones artificiales. La yuca, el plátano, el camote frito, la chicha y la mazamorra morada, tienen sus versiones embazadas en paquetes plásticos, llenas de azúcar, colorantes y conservantes, que producen más basura y menos salud por la practicidad de comprar algo y no prepararlo.

En la escuela donde trabajo, las niñas y niños me buscan para reclamar la falta de atención y la ausencia de sus cuidadores. Las madres, abuelas, tías, tíos y padres, en el esfuerzo por proveer los recursos materiales, destinan su tiempo al trabajo alejándose de sus hijos, precisamente cuando los vínculos y el amor necesitan disponibilidad para desarrollarse.

El tiempo que intentamos no gastar para cocinar nuestra comida, cuidar de nuestra salud, de las personas y de nuestro planeta nos está siendo cobrado. Dejamos de mirar a los demás, de admirar la vida, la belleza de los encuentros y de apreciar la naturaleza. Es clara la necesidad de un cambio, pero: ¿Cuál sería la solución?

Aunque algunos temas sean universales, creo que pensar soluciones sin llevar en cuenta el contexto no es realista. Los problemas de cada lugar tienen sus especificidades, las diferencias culturales, la lengua, la geografía, el clima etc.

Me parece que las iniciativas locales nos pueden apuntar a un camino mejor. La misma Huaycán me presentó a un grupo de madres que mantiene el comedor de la escuela para proveer comida de calidad, hecha con productos locales, para sus hijos e hijas. He conocido a jóvenes que participan de grupos de bailes tradicionales donde, más allá de la diversión, dan y reciben soporte emocional a través del arte y de sus compañeros. Además, llegué a Perú justo después del desastre natural de los huaicos de este año y pude ser testigo de la capacidad de organización y apoyo mutuo entre vecinos, a través de ollas populares, donaciones, etc.

Por toda Latinoamérica, una serie de iniciativas como las prácticas agroecológicas y permaculturales, las pedagogías libertadoras, los métodos de curación tradicionales, el despertar del sagrado femenino, los movimientos de lucha campesina, la resistencia de pueblos originarios, nos muestran que hay múltiples y plurales formas de buscar una vida más digna y menos desigual.

En este planeta donde cada vez somos más, esos intentos son revolucionarios. La transformación social, económica y ambiental a través de la desaceleración de la vida, del hacer, de cuidar el aquí y ahora, de conectarse con el otro, nos presentan nuevas alternativas para coexistir. Las experiencias de la ciudadanía concreta, con acciones comunitarias, locales, autogestionarias son austeras en lo material, pero innegablemente ricas en solidaridad y posibilidades.

Por Rebeca Macedo / Psicóloga
Profesional Voluntaria brasileña trabajando en Perú