La Consciencia de Ser Latinoamericana

Perú
Hasta que mis ojos vieron por vez primera el cielo peruano, hasta que mis pulmones respiraron el aire cálido de Lima, hasta que mi piel sintió la humedad de la costa, de las olas del mar.

“Tenemos el deber de no ignorar la realidad nacional, pero tenemos también el deber de no ignorar la realidad mundial. El Perú es el fragmento de un mundo que sigue una trayectoria solidaria”, escribía José Carlos Mariátegui en 1925. Hoy, casi un siglo después, las palabras de El Amauta configuran las bases del gran sueño latinoamericano: Un continente justo, libre y solidario.

Sabemos bien, siempre nos lo han dicho: “América Latina está llena de gente amable; no somos pobres, el suelo latinoamericano es sumamente rico; hay mucha diversidad étnica y cultural, además de miles de especies animales y vegetales”. Entre muchas frases más.

Por otra parte, para nadie es un secreto que nuestra Patria Grande sufre todavía las consecuencias de la colonización y posterior injerencia de sistemas económicos y políticos foráneos que generan en la actualidad serios problemas de desigualdad, discriminación e invisibilización de las luchas populares. Sí, esta información la manejamos bien, la recibimos en los colegios y universidades, se encuentra con relativa facilidad en los libros de historia y en textos académicos de toda índole. Pero vamos más allá de los clichés y planteemos el asunto en palabras de Freire: “¿Estamos verdaderamente conscientizados acerca de nuestra realidad para después transformarla?”.

Es aquí donde todo comienza, por lo menos para mí. Me hice esta pregunta siete millones de veces. Nunca tuve una respuesta certera. Hasta ahora:

Hasta que mis ojos vieron por vez primera el cielo peruano,
hasta que mis pulmones respiraron el aire cálido de Lima,
hasta que mi piel sintió la humedad de la costa, de las olas del mar.

Desde entonces, un no enorme como respuesta se dibuja en mis pensamientos tras recordar mi vida pasada en Colombia, en mi Bogotá adorada, fría, lluviosa y bohemia. Con cierta constancia, viven a mi memoria las reminiscencias de una cotidianidad bastante cómoda y un tanto frívola que no me permitió conscientizarme sobre la realidad del continente que habito, del que hago parte y en el que se me ha dado todo. De hecho, jamás supe lo mucho que significa ser latinoamericana.

Y es que la construcción de estos significados y aprendizajes por lo colosal de sus dimensiones, implica no solo salir de la zona de confort. Es preciso enfrentarse a nuevos contextos, culturas, personalidades y vivencias distintas.

Es despertar temprano, a veces antes de ver salir el sol, darse una ducha, vestirse según los caprichos del clima, preparar el desayuno y esa indispensable taza de café colombiano que me recuerda el aroma de mi casa en las mañanas, los cerros orientales de mi ciudad y el beso en la frente que recibía de mi madre antes de salir de casa a trabajar.

-Buenos días, Pauly.
-Buenos días Deissyta ¿Cómo estai’?
-Muy bien Pauly, gracias a Dios. Salimos en 10 ¿te parece?
-Yaaa.

Después del sueño de ojos abiertos, las remembranzas y el saludo caluroso de mi compañera, sigue tomar la combi hasta el colegio.

-Disculpe señor, buenos días. ¿Pasa usted por la Municipalidad de los Olivos?
-Si, si, si… sube… sube. Apéguese señorita, apéguese que si hay lugar.

Justo desde ese momento, comienza la acción todos los días. Sin duda alguna. La cercanía con las personas es mucho mayor y literal en el transporte público de Lima. Allí, entre las vías, suelo permanecer atenta a los rostros de la gente, veo sus expresiones y el movimiento de sus manos, escucho con reverencia el tono de su voz. Imagino, creo e invento historias con lo que percibo. Entonces, me percato. A mi lado, muy cerca de mí, hay niños, jóvenes, hombres, mujeres y ancianos que sienten, piensan, sueñan y trabajan día a día por sus familias, por si mismos y por sus comunidades. Así, como en mi país. ESTO ES SER LATINOAMERICANA.

Luego de un poco más de una hora dentro del colorido y sonoro ambiente de las combis limeñas, llegamos al colegio, al trabajo en terreno. Las sonrisas de los niños y las niñas no tardan en aparecer mientras al fondo puede oírse el final de una ronda infantil alusiva a las vocales:

Salió la U, salió la U
¿Y qué me dices tú?
Salí en mi bicicleta y llegué a Perú,
Salió en su bicicleta y llegó a Perú.

Bueno, yo no usé mi bicicleta pero llegué a Perú en un avión el primer día de abril a las 12:44 PM desde el Aeropuerto Internacional del Dorado en Bogotá hasta el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez a doce kilómetros del centro de Lima, a doce kilómetros de mi nuevo hogar. En ese momento de mi vida, reconozco no haber tenido plena consciencia de todo lo que dejaba, mi familia, mi ciudad bonita, mis amigos y maestros. No lujos, pero si comodidades que me garantizaban una vida tranquila, sin miedos ni mayores preocupaciones. Sin embargo, tomé esta decisión porque creo firmemente en lo que hago, en lo que puedo hacer por mi continente, porque creo en la potencialidad creadora de los pueblos y en la obra de sus manos. ESTO ES SER LATINOAMERICANA.

Llegué a casa en el distrito de Jesús María y me encontré con seis mujeres maravillosas, todas diferentes entre sí. No solo de nacionalidades, culturas, colores, formas, tamaños y profesiones distintas, sino de visiones de mundo totalmente diversas. Convivo con ellas y cada día me emociona el hecho de saber que a pesar de los marcados contrastes, juntas estamos aquí y luchamos por un sueño en común, una meta construida en conjunto desde mucho tiempo atrás aun en la distancia. ESTO ES SER LATINOAMERICANA.

Ser parte de este proceso es sin duda, transformarse para transformar, corresponde a asumir un compromiso con la reivindicación de la cultura, la identidad nacional, los conocimientos y el saber popular. Es también tener la certeza de recuperar nuestra memoria, nuestras raíces y nuestra libertad a partir de los vínculos que podamos construir con las personas que vemos todos los días, el niño que corre hacia su escuela, la mujer del mercado, el hombre que prepara emolientes en la esquina del edificio, las maestras con sus delantales manchados de pintura, el conductor y el cobrador de las combis. ESTO ES SER LATINOAMERICANA.

Finalmente, debo decir que es mucho lo que me queda por aprender. Pero a mi favor y el nuestro, encuentro esa esperanza latente que el Todopoderoso puso en mi corazón y que no se acaba a pesar de las dificultades, esa necesidad de comprender e interpretar el estado de la sociedad actual y de pensar en nuevas propuestas que transformen la realidad desde mi labor como docente voluntaria, por un mundo mejor para todos y todas, para pasar de la Patria Grande a la Patria Mayor. ESTO ES SER LATINOAMERICANA.

Por Deissy Carrillo / Licenciada en Pedagogía y Psicología
Profesional Voluntaria Colombiana trabajando en Perú