¿Cambiar el mundo?

Perú
"Porque no se trata de un voluntariado solamente, se trata de un camino, de un cúmulo de elecciones"

No hace mucho me preguntaron ¿qué vamos a hacer para cambiar el mundo?.

Es una de las preguntas más cliché en el ámbito de lo social.

De todas formas me tomó por sorpresa, por unos segundos no pude respirar, simplemente me quedé en blanco y con la certeza fría de no tener respuesta.

Me encontré en ese instante de vacío, de soledad, salí de mi zona de confort, de mis respuestas programadas, porque de verdad ¿qué se puede hacer?, ¿qué estamos haciendo?.

Podría haber sido simplemente diplomática, hacer una lista de iniciativas tomadas para “cambiar el mundo”. Pero no es eso lo que busco. Esa no es mi verdad, con eso no me conformo.

Cuando pude respirar, luego de ese instante agobiante, solo pude pensar en mí, en mí lugar en el mundo, en mi aporte al tan deseado y repetido “cambio”.

Me veo, me reviso y se que estoy confundida, que no tengo certezas en relación al tema, que me encuentro otra vez en la montaña rusa de emociones que visito bastante seguido en este proceso. Me encuentro enojada, herida, y cuando hablo de mi no hablo sólo de mí, me refiero a las heridas colectivas. Reconozco en mí la necesidad de sanar el dolor, el enojo, la rabia que siento cada vez que veo los cerros limeños poblados de desigualdad.

Sanar la impotencia y el nudo en la garganta cada vez que pienso en un mundo mejor tan lejano, tan fuera del alcance, sanar las heridas que me hacen seguir poniéndome del lado de las víctimas, porque mientras haya lados van a haber víctimas. ¿Pero de qué otra forma podría ser?, si en estos asuntos la neutralidad suena violenta.

Como voluntarios en un país extranjeros, como profesionales, como seres humanos, nos toca gestionar este tipo de cosas casi a diario. Nos encontramos posicionados desde un lugar que no es el habitual. Reconociendo y reconociéndonos desde otra perspectiva.

Conecto con mis emociones con mucha intensidad, todo está a flor de piel, lo bueno y lo malo. Lo que me hace vibrar y lo que me derrumba. Pero últimamente me encuentro con algo que no me deja caer, que me sostiene aquí, en este presente, a pesar de tanta angustia, de tanto desencuentro.

Esa idea de que “no lo puedo dejar”, de que no me puedo rendir, porque hay más detrás de todo esto.

Por momentos tengo la certeza de que mejorar este mundo es un plan posible, lo veo en los ojos de mis compañeros, creyendo y luchando cada día y en ellos encuentro algo de mi, creyendo también.

Por otros momentos, pierdo toda la fe, me veo en caída libre. Porque por cada paso de resistencia que damos, veo al mundo hundirse en su indiferencia, y eso no se gestiona tranquilamente, eso duele, cansa el cuerpo y las ideas, genera angustia y desorientación.

Y me pregunto para qué. ¿Qué sigo haciendo en este lugar? ¿cuánto sentido tiene?. Pero nada comienza ni termina aquí, aunque me agote, me desespere y me sienta en un laberinto sin salida ni vuelta atrás. Elegí ver una parte del mundo que no todos quieren ver, no puedo simplemente cerrar los ojos y seguir. Elegí una lucha.

No sé si se puede cambiar el mundo, si creo en la transformación porque la he vivido, porque no siempre fui la que soy, y porque se que estamos en este instante para crecer y para expandirnos, para contagiar a otros nuestra transformación.

También, para sanar juntos y juntas esas heridas colectivas, para dar un paso más, o varios más, para acercarnos de a poco a ese mundo con el que varios ya estamos soñando y buscando, alimentando utopías.

Porque no se trata de un voluntariado solamente, se trata de un camino, de un cúmulo de elecciones.

Se trata de la historia que elijo vivir, la que elijo escribir, no es la más bonita, ni la más sencilla, está cargada de todas las emociones. No hay ausencia de dolor, pero es mi historia y no la escribo sola.

Por Miriam Iparraguirre / Psicóloga
Profesional Voluntaria uruguaya trabajando en Perú